lunes, 25 de febrero de 2013

El Atlas de las Nubes


Admitiremos, porque es caballeroso ser franco, que al principio tuvimos miedo. Casi tres horas de película en ambiente fantástico, mucha digitalización... A mi me olía a Benjamin Button, que lo siento pero resultó lenta, rozando lo aburrido, decepcionante en definitiva.

Pero El Atlas de Las Nubes te atrapa desde el primer momento, y no lo hace avasallando como los típico vendedores ambulantes (semana grande, sabeis de que os hablo), sino atrayéndote desde lejos, como un bohemio artista callejero. Puede que sea debido a las diferentes historias contadas simultaneamente, que despiertan ese deseo de saber por fin qué maldita relación hay entre ellas. O la envidiable caracterización por la que te devanas los sesos intentando saber si los ojos de un viejo, esa doctora o una sexy camarera son realmente de la misma actriz. Y sí amigos, lo son (y no, no me he confundido al decir viejO).

Respecto al mensaje, bueno, admito que eso puede ser algo personal, amor, libertad, rebelión... cada uno interpreta a su manera las películas, pero ahí reside la magia del cine, no es cierto? Lo diferente de esta película es que tanto en una historia de ciencia ficción futurista del año 2215 como en la aventura de unos adorables ancianos que escapan de su represiva residencia, ese mensaje, esa sensación, ese escalofrío que nos recorre (sea cual sea para ustedes, queridos espectadores) es el mismo.

Especial mención al toque ciclico que enreda en un nudo cerrado todas las historias, llevándonos a preguntar cuál es la primera, y, posteriormente: 
¿estás completamente seguro?

En resumen, porque es caballeroso dejar de andarse por las ramas, y aunque pueda deberse al factor sorpresa, El Atlas de las Nubes tiene mucho que contar, mucho que transmitir y largas horas de conversaciones post-cine que mantener.

Pero ah, no somos caballeros, así que me permitiré el lujo de añadir lo increiblemente atractivo que ha convertido este largometraje a mi nuevo actor revelación Jim Sturgess.

martes, 19 de febrero de 2013

Que cosas eh? justo ahora, parece que se ha acabado el mundo.


Y que nunca volveremos a comer helados. Y a mi me ha pillado sola en esta habitación, porque ya no hay plurales que suenen a optimismo. Hay un solo, un solamente solo, y noches cerradas sin luna, de esas en las que llueve, de esas en las que ya no estás segura de que va a dejar de llover, de esas en las que pasas miedo.

Y entonces escribes, porque la sala se llena de cosas de las que escribir, y recuerdas lo bello que era el silencio.

Y lo bellas que fueron un día las mañanas, cuando existieron.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Un minuto, nada más


Ya sólo escribo cuanto bebo café, pero es que, señores! ya nadie se para a mirar la luna. 

Lo sé, alguien debería hacer algo al respecto.

Pero luego se me pasa, en cuanto me dicen un par de tonterías, porque soy así, y aunque a veces lo odie, lo prefiero. 

No está bien ser tan cascarrabias.

viernes, 1 de febrero de 2013

Pero de felicidad.


De vez en cuando hago eso.

Recuerdo momentos, y casi siempre suelen ser mejores, y casi siempre suele ser un mal momento para recordar, y casi siempre acabo suspirando. Menos cuando estoy especialmente sensible.

Entonces lloro.

miércoles, 30 de enero de 2013

Arrainak eta.


Diría grandes cosas, pero alguien me robó las palabras, y hoy es de esos días en los que mirar al mundo es un poquito más dificil. No queremos más palomitas, ansiamos nuestra frase en esa gran obra.

No lo sé, habla con el guionista.



martes, 15 de enero de 2013

Quotidien



Cuando sabemos que vamos a perder algo tendemos a imaginar cuánto nos dolerá, y como lo superaremos. Creo que todos alli, a nuestra manera, hicimos eso. 

Aquello tenía un final amigos, y eso todos lo sabíamos, así que comentabamos como lo llevariamos una vez en el mundo real. Puede parecer agorero, pero ayudaba a quitarle hierro, habíamos creado algo, un hogar quizá, una razón por la que sentir morriña al volver a casa.

No sé cómo lo vivio el resto, si la añoranza cumplía sus expectativas, si dolió como se suponía que tenía que doler, pero en mi caso, no lo hizo. Quizás esperaba algo como “ahlalá c'est le catastrophe!” pero no, el mundo no se acabó, la vida siguió y bueno, los recuerdos resultaron ser más un alivio que una espina.

Pero hay días...

Los viajes, las escapadas, no me refiero a eso, “alors, ça c'était pas quotidien”, pero el día a día, es lo cotidiano lo que realmente pincha. 

Como aquel día en el que ibas a cocinar lasaña con Marc, y encontramos a Izar caida de la bici, y acabamos comiendo los tres , o la tarde que, agobiada, decidiste salir de clase un par de horas antes y encontraste a Martxel en la Student tomando un Latte, es que Ari estaba de shift. Y al final nos juntabamos todos, e ideabamos cosas. Eso era lo que haciamos.

No tiene nombre pero yo decidí llamarlo ritmo de vida. Era diferente.

No sé cómo lo vivió el resto, pero personalmente, si tuveira un Delorean, sabría muy bien como utilizarlo.