Colocó un calendario en su habitación. Porque el tiempo había dejado de tener sentido, ya no era un problema. Suele pasar cuando solo tienes nunca. Odiaba los nunca, los nunca y los para siempre, porque en realidad eran lo mismo. Lloró un poco, a veces le venía bien.
Sabía que no debía hacerlo, por eso de que aunque nadie te vea provocas un devenir en el destino y telepáticamente el mundo se vuelve indiferente a ti. La gente se reía, pero pasaba, era como aquel proverbio del árbol que cae en silencio en medio de la nada. Odiaba los proverbios.
Y la ciudad, odiaba la ciudad.
Porque la habían desnudado.
