“Podría
estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme el rey de un
espacio infinito”. Es Hamlet, pero no es en un teatro donde hemos
oído esta cita por última vez, sino en una pantalla de cine y de
mano de el que se conoce como ‘el presidente más puro de América’.
Sí,
hablo de Lincoln, y aunque parezca exagerado, les aseguro que tras
ver la película lo de ‘puro’ les parecerá poco. Y ¿a qué
viene la tan famosa cita de Hamlet? A la cantidad de anécdotas,
citas e historias que el presidente cuenta a lo largo de la película,
podría decirse que es su manera de ilustrar cada razonamiento que hace
a lo largo de su lucha por la abolición de la esclavitud.
Así
nos muestran a Lincoln en este film, un hombre afable y carismático,
culto, anecdótico y paciente. Padrazo donde los haya y con un manejo
de la retórica envidiable. Aquí cabe aplaudir la caracterización
de la película, y la actuación de Daniel Day Lewis, una combinación
que hacen que el oscar a mejor actor sea merecido. Aunque me tomaré
la licencia de decir, como comentario personal, que cabe pensar que
sea el personaje lo que hace grande al actor, y la película lo que
santifica al presidente.
Sea
como fuere, es impresionante la batalla de fortaleza y debilidad que
se libra en los ojos del protagonista, un hombre alto, presencial,
imponente como era Lincoln se muestra cabizbajo y cansado muchas
veces, encorvado, ¿vencido incluso? Puede, sobre todo en la lucha
personal, la interior, la que se libra en casa y no en el capitolio
con los congresistas. Y todo esto se refleja, como ya he dicho, en
sus ojos, me quito el sombrero.
Pero
no dejaremos que Day Lewis se lleve todo el mérito, es
imprescindible mencionar la estupenda actuación de Tommy Lee Jones,
quien (y por mucho que me duela porque adoré Django y lo que
Christoph Waltz hacía en ella) se merece cuanto menos una
encarnizada batalla por el oscar a actor secundario. Otro personaje
que no puedo dejar que pase por alto es David Strathairn en el papel
de subsecretario de estado, admito que caigo en lo subjetivo pero,
¿no es genial la presencia de este hombre en pantalla?
Y para
finalizar, un batallón de actores muy bien caracterizados para
representar a los congresistas, y estamos en 1865 en plena lucha por
la decimotercera enmienda, señores. Especial mención a la batalla
verbal en la que el congresista Thaddeus Stevens declara que no cree
en la igualdad de razas sino en la igualdad ante la ley, y como no, a
la actuación de los tres sobornadores que rebañan votos como
pueden. Brutales.
Y ¿qué
nos deja esta película de fantásticos primeros planos?, al menos a
mí, una sensación agridulce. La lucha de esclavos y políticos
consiguió en su día una actualidad en la que no es raro que el
puesto que en su día ocupó Abraham Lincoln sea ahora de una persona
negra. Abolieron algo estimado inhumano hoy en día. ¿O no?
He
ahí lo agrio, pregúntense ustedes, si tienen el valor, cuánta
gente estaría hoy en día en contra de esa medida.
La
realidad asusta.