y vuelvo a escribir para decir que ya no escribo, que la vida pasa, y los niños juegan, o ya no, en el parque. Y vuelvo a caer en presuntuosas bipolaridades quizás, un poco de aquí, y un poco de allá. Ya sabes, lo de siempre.
O abrir un poco los ojos, ir un día al monte, recordar aquello, la risa floja, el libre albedrío, emborracharse de día y aparcar al tacto.
Malvivir del bueno, ser feliz por un instante
y otros vicios.
Puede que sea el sol.
Es como los escritores con sus historias agotadas. A veces queda inspiración, pero no para esa idea. Se fue, sin desenlace, ni final, ni perdices o ron con pasas. Simplemente, finita. Porque ya no saben qué más escribir, ni de qué color hacerlo, hay mucho talento guardado en cajones.
Pero los personajes de esos libros olvidados sí que tienen algo que decir ¡tienen ideas! finales, posibilidades, ganas... pero la mano no escribe, y ellos se quedan ahí, inacabados, incomprendidos, abandonados, rotos.
Yo era el personaje que gritaba desesperadamente "¡escríbeme!", pero tú ya no tenías qué escribir.
Una lástima.