Admitiremos, porque es caballeroso ser franco, que al principio tuvimos miedo. Casi tres horas de película en ambiente fantástico, mucha digitalización... A mi me olía a Benjamin Button, que lo siento pero resultó lenta, rozando lo aburrido, decepcionante en definitiva.
Pero El Atlas de Las Nubes te atrapa desde el primer momento, y no lo hace avasallando como los típico vendedores ambulantes (semana grande, sabeis de que os hablo), sino atrayéndote desde lejos, como un bohemio artista callejero. Puede que sea debido a las diferentes historias contadas simultaneamente, que despiertan ese deseo de saber por fin qué maldita relación hay entre ellas. O la envidiable caracterización por la que te devanas los sesos intentando saber si los ojos de un viejo, esa doctora o una sexy camarera son realmente de la misma actriz. Y sí amigos, lo son (y no, no me he confundido al decir viejO).
Respecto al mensaje, bueno, admito que eso puede ser algo personal, amor, libertad, rebelión... cada uno interpreta a su manera las películas, pero ahí reside la magia del cine, no es cierto? Lo diferente de esta película es que tanto en una historia de ciencia ficción futurista del año 2215 como en la aventura de unos adorables ancianos que escapan de su represiva residencia, ese mensaje, esa sensación, ese escalofrío que nos recorre (sea cual sea para ustedes, queridos espectadores) es el mismo.
Especial mención al toque ciclico que enreda en un nudo cerrado todas las historias, llevándonos a preguntar cuál es la primera, y, posteriormente:
¿estás completamente seguro?
En resumen, porque es caballeroso dejar de andarse por las ramas, y aunque pueda deberse al factor sorpresa, El Atlas de las Nubes tiene mucho que contar, mucho que transmitir y largas horas de conversaciones post-cine que mantener.
Pero ah, no somos caballeros, así que me permitiré el lujo de añadir lo increiblemente atractivo que ha convertido este largometraje a mi nuevo actor revelación Jim Sturgess.

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