jueves, 13 de marzo de 2014

Nebraska




Silencio en la sala, gominolas, mochilas, susurros. Cómo odio entrar a última hora. ¿Silencio en la sala? Sí, y por fin se funde en negro la pantalla. Y aparece un viejo, blanco y negro, caminando hacia Nebraska.

A partir de ahí 115 minutos de fotografía envolvente, nostalgia y una historia conmovedora.

"- ¿A dónde se dirige, amigo?
- Hacia adelante, hacia Nebraska.
- ¿Quiere llegar hasta Nebraska andando por el andén?
- Sí
- Y de donde viene?
- De atrás."

Y junto con la película comienza el viaje, un viaje en la vida, hacía atrás y hacia adelante, de reflexión, duda, recuerdos y búsqueda.

Los rumores nos habían contado que era un dramón, pero un Bruce Den cansado de la vida acabó por entonar carcajadas en el de vez en cuando lagrimoso público. No sé si es el personaje entrañable de Woody Grant lo que enamora, o el hecho de estar sentado ante una película que, sin decir nada,  nos sorprende hablando sobre todo lo que nos ronda por la cabeza.

Nebraska es una película que habla sobre el sentido de la vida, sobre aquello que dicen, de que la vida es lo que pasa mientras haces otras cosas. Nebraska es decadencia, cansancio, historias, pasado, desconcierto y pérdida. Un simple dibujo de niño, representando nuestra más compleja frustración: un motivo por el que vivir. Y es ese niño, en un cuerpo de viejo, el que nos lleva a algún rincón en nuestros recuerdos.

A pesar de todo, si este texto, tan destartalado como la película, necesitara un final, elegiría la mirada que clava en la pantalla Bruce Den. La sensación que eso nos deja

 y carretera.

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