Como en las películas francesas, en las que no pasa nada, pero pasa todo lo que le pasaría a cualquiera. Un día normal, gente perdida, el día a día, un café imposible y mil maneras de encender un cigarrillo.
Y que pasa en Oh Boy? Pasa, la vida.
Estas palabras no serán imparciales, ni justas, ni objetivas. Pero es que Oh Boy es una película que, o te gusta, o no te gusta. A mi me sedujo desde el principio, desde antes incluso de conocerla, como la chica misteriosa de la fiesta (sí, la del vestido rojo). Diría que me gustaba incluso antes del trailer, la sala 3 de los cines Verdi sólo confirmó lo que ya sabíamos.
Pero Oh Boy no es solo un cuerpo bonito con un vestido rojo. Oh Boy es paciencia, fotografía y metáfora. No te pide que lo entiendas, pero lo haces, porque en realidad habla de tu vida.
Y piensas cómo sería todo en blanco y negro.
Y en las calles de Berlin.

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