Y nos enamoramos en diez horas. Diez horas que maldije toda
mi vida, durante los meses, o años quizá.
No, no tanto.
Y varias veces pensamos, si no hubiera sido mejor invertir
aquellas horas en leer un libro, escribir un guión, tocar la guitarra. Ya
saben. Las 10000 horas.
Yo decidí que no, quizá por aquello de los corazones rotos.
Quizá por las incontables veces que pasé recreando cada segundo de aquellas
horas, rebañando cada pestañeo, cada jadeo, cada gota de sudor. Sí, es por aquella
lenta autodestrucción de recuerdos, por el resto de momentos que ese momento me
dio.
Que no cambiaría ni un solo tic de ese reloj.

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