Y tuvo que comprender, entonces, que la vida era eso, altibajos. Vivir, entre atascos y jaleos, alguna que otra decisión, puestas de sol arrolladoras y algún viaje inolvidable. Bueno, todos los posibles.
Y que por mucho que se cumpliese todo lo que pudiera desear, nunca llegaría a ese idílico estado de felicidad constante.
Porque, como ya había oído tantas veces, sin lo amargo, lo dulce no es tan dulce.

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