miércoles, 31 de octubre de 2012

Como diría mi madre, una herida fea, de esas que se infectan y abren constantemente.


Pensó una vez más en ella, no era nada nuevo, aparecía y reaparecía pero nunca se borraba, así que dejó que pasara. Pensó en cómo el tiempo no había curado gran cosa y se preguntó qué sería de su vida.

Viajaría, seguiría viajando porque, aparte de ella, viajar era su gran pasión. Pero allá donde fuera, y fuera con quien fuera, seguiría acordándose de ella. Le pareció casi cómico pensar en la cantidad de lugares recónditos que ella visitaría alojada en sus pensamientos.

Entendió entonces, con una punzada de rabia, que mientras ella lo traería rara vez a la memoria, para él ella seguiría siendo un tatuaje imborrable en su mente. Comprendió que nunca volvería a querer a nadie como lo hizo con ella.

Sería feliz, claro. Había sonreído antes y después de su historia, había vuelto a ser feliz y reído a carcajada limpia; pero eso no la borraba. Sería como un ex-yonki que recuerda cada día el dulce efecto de la heroína, un ex-alcoholico, un enfermo crónico al fin y al cabo.

Probablemente acabaría casado con una chica bonita, mejor que ella, con tres hijos quizá, en algún rincón del mundo arrastrado por sus aventuras. Pero ela seguiría allí, como en aquella pelicula sobre un esquizofrénico que acaba conviviendo con sus alucinaciones.

Sonrió por la referencia cinematográfica.

Llegó a casa y lo escribió todo.

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